Autora: Silvia Domínguez Cotán – Neuropsicóloga clínica, Psicóloga Sanitaria y Perito Forense. Centro Neuropsique.
En los últimos años, cada vez más familias acuden a consulta preocupadas por el uso excesivo que sus hijos hacen del móvil, los videojuegos o las redes sociales. Lo que comenzó como una forma de ocio o comunicación se ha convertido, en muchos casos, en una verdadera dependencia que interfiere en su vida cotidiana.
¿Cuándo hablamos de adicción?
No todo uso intensivo es una adicción. El problema aparece cuando el joven:
- Pierde el control sobre el tiempo que pasa conectado.
- Descuidan el sueño, la alimentación, el estudio o las relaciones sociales.
- Muestra irritabilidad o ansiedad si se le retira el dispositivo.
- Prefiere estar frente a una pantalla antes que participar en actividades que antes le resultaban gratificantes.
Factores que influyen
La adolescencia es una etapa de alta vulnerabilidad neurológica. El cerebro aún está en desarrollo, especialmente las áreas relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones. A esto se suman:
- La gratificación inmediata que ofrecen las pantallas.
- La presión social del entorno digital.
- La falta de alternativas reales de ocio y conexión en la vida presencial.
¿Qué podemos hacer desde casa?
- Poner límites claros y coherentes, sin caer en el castigo extremo ni en la permisividad absoluta.
- Acompañar y observar: interesarnos por lo que hacen en redes o videojuegos, sin juzgar de entrada.
- Fomentar otras fuentes de placer y pertenencia: actividades deportivas, creativas, sociales…
- Predicar con el ejemplo: si los adultos estamos hiperconectados, difícilmente ellos entenderán la necesidad de desconectar.
¿Y si ya hay un problema instalado?
En esos casos, es importante buscar ayuda profesional. Desde la neuropsicología, evaluamos el impacto que el uso abusivo de las tecnologías puede estar teniendo en la atención, el estado emocional, el rendimiento académico o las relaciones sociales del menor. A veces, esta conducta es solo la punta del iceberg de otros trastornos subyacentes, como ansiedad, TDAH, depresión o dificultades de adaptación social.
Conclusión
La tecnología no es el enemigo, pero sí lo es el uso desregulado y solitario que muchos adolescentes están haciendo de ella. Entender qué hay detrás de ese enganche es el primer paso para acompañarlos sin culpabilizarlos. Porque lo que de verdad necesitan no es un control parental más sofisticado, sino adultos emocionalmente presentes y disponibles.




