Cada cerebro procesa la información de una manera particular. Sin embargo, existen personas cuyo funcionamiento cognitivo, sensorial, atencional o social se aleja de lo considerado más habitual. Es aquí donde aparece el concepto de neurodivergencia.
Hablar de neurodivergencia no significa hablar necesariamente de enfermedad. Es un término amplio utilizado para describir formas diferentes de funcionamiento neurológico y cognitivo.
Dentro de la neurodivergencia suelen incluirse perfiles como:
- Trastorno del Espectro Autista (TEA).
- TDAH.
- Dislexia y otras dificultades específicas del aprendizaje.
- Dispraxia.
- Síndrome de Tourette.
- Otros perfiles del neurodesarrollo.
El concepto también se utiliza en algunos contextos para hablar de altas capacidades, aunque su inclusión dentro de la neurodivergencia no cuenta con una definición clínica universal.
No existe una única forma de ser neurodivergente
Dos personas con el mismo diagnóstico pueden funcionar de maneras completamente distintas.
Una persona puede destacar intelectualmente y, al mismo tiempo, tener importantes dificultades para organizarse. Otra puede desenvolverse perfectamente en determinados contextos sociales, pero terminar completamente agotada por el esfuerzo que realiza para adaptarse.
También pueden aparecer dificultades relacionadas con la atención, las funciones ejecutivas, la regulación emocional, la comunicación social o el procesamiento sensorial.
Por eso, comprender la neurodivergencia exige mirar más allá de una etiqueta diagnóstica.
Cuando compensar las dificultades tiene un coste
Muchas personas neurodivergentes desarrollan estrategias para adaptarse a las exigencias académicas, laborales o sociales.
Desde fuera pueden parecer personas perfectamente funcionales. Sin embargo, mantener continuamente ese nivel de adaptación puede suponer un importante esfuerzo cognitivo y emocional.
Esto puede traducirse en agotamiento, ansiedad, frustración, problemas de autoestima o sensación de no encajar, especialmente cuando las dificultades han permanecido sin identificar durante años.
La importancia de una evaluación neuropsicológica individualizada
Una evaluación neuropsicológica no debería limitarse a determinar si una persona cumple o no determinados criterios diagnósticos.
Su objetivo es conocer cómo funciona esa persona: cuáles son sus fortalezas, dónde aparecen las dificultades y qué factores pueden estar interfiriendo en su vida cotidiana.
Atención, memoria, funciones ejecutivas, lenguaje, aprendizaje, regulación emocional y funcionamiento social forman parte de un perfil que debe analizarse de manera individual.
Comprender nuestro funcionamiento cerebral permite sustituir muchas veces el “¿qué me pasa?” por una pregunta mucho más útil: “¿qué necesito para funcionar mejor?”
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